4 sept. 2013

Siempre hay un antes y un después.

Es curioso. 
Cuánto más dura y difícil es una prueba, más ganas tengo de repetirla o de ir a por la siguiente.
A lo largo de más de media vida corriendo me he dado cuenta de que en mí, el dolor y el sufrimiento es directamente proporcional a las ganas de repetir la experiencia.
Con más de una veintena de maratones en mis piernas y algunos de ellos de montaña nunca me había enfrentado a una prueba de este calibre. Me refiero a una Ultra, o lo que es lo mismo, a una distancia que supera los 80 kilómetros. El Gran Trail de Peñalara suponía pues, un gran reto para mí.


Suponía un reto porque al margen de alcanzar la meta lo que realmente me apetecía era descubrir en mi cuerpo “cosas” que nunca antes había experimentado. Además, me apetecía hacerlo solo con mi mochila, es decir, tan solo mi mochila y yo….
Y así, empecé por experimentar con distintos tipos de alimento para observar cómo se iba comportando mi organismo los días previos.  
Sabía de la importancia de la hidratación y alimentación en este tipo de pruebas y más en la sierra de Madrid en las fechas en las que se desarrolla el GTP. En un maratón no acostumbro a tomar alimentos en carrera, (salvo líquidos en forma de sales o simplemente  agua) y esto me angustiaba. Después de revisar la literatura científica sobre alimentación y ayudas ergogénicas en carreras de ultra-distancia y de realizar algunas “tiradillas” de más de 60 kilómetros con mi “hermano” Miguel, pude experimentar como los geles se me quedaban cortos de “gasolina” y que las barritas tardaban mucho en soltar energía. Pero la fruta, el membrillo, los frutos secos y los pequeños sandwiches de jamón y nutella me iban a las mil maravillas. Si optaba por cargar mi mochila con ello supondría llevar demasiado peso,  pero como el objetivo era llegar a meta con suficiente energía como para hacerlo corriendo y no en camilla, decididamente opté por este “plus”. 


Reconozco que iba asustadillo.

El comienzo de la semana de la prueba pude sentir el “gusano” rondar por mi cuerpo a todas horas. Llevaba tiempo sin sentirlo de este modo, quizá desde mis primeras maratones a finales de los noventa.
Es bueno volver a sentir y a revivir estas sensaciones. Lo sensacional es que las sensaciones vividas en aquellas primeras pruebas quedan grabadas en la mente para la historia. Solo hemos de ponernos en una situación parecida para que vuelvan a aflorar. La mente no olvida, ¡es algo maravilloso!



Adoro y amo a la vez estas sensaciones.

Siempre he pensado que todo el mundo debería poder experimentarlas alguna vez en su vida. Te sientes lleno, grande, único, imponente,….pero vacío a la vez, ¡esto siempre tiene un final! Después de tanto sufrimiento, de maldecir y de desear tanto cerrar la carrera de una maldita vez, todo llega a su término. Finaliza una batalla con la montaña, una batalla única. Cada carrera tiene su propia historia, es irrepetible e inaudita a la vez. Una carrera acabada nunca será igual a la siguiente, es lo triste y lo bonito a la vez.
Por  eso hay que disfrutar cada prueba como si fuera la última vez que la fueses a correr porque en el fondo será así.  Por eso, el Gran Trail Peñalara ya nunca será vivido por mí igual como lo he vivido en esta edición.




Las emociones y sensaciones vividas en veinte horas de tiempo me las guardo para mí.
No es que sean secretas, es que son mías. Tan solo reconozco que hubo de todo: momentos de euforia, de energía desbordante, de alegría, de tristeza, de llanto, de lamentos, de gritos, de soledad, de admiración, de plenitud, de satisfacción,……de dolor.


La experiencia ha sido espléndida. No podré olvidarla jamás como nunca olvidaré la primera vez que crucé  llorando de alegría la línea de meta en mi primer maratón.
Nunca olvidaré a Javier Gándara, a su Susi (mi querida “Chufita”) a Enrique, a Paco, a mi “hermano” Antonio que subió a esperarme casi hasta el Puerto de Navacerrada y sufrió junto a mí el descenso de la Barranca, y a Marisa, mi Marisina,….. la gran enredadora de todo este tinglado de bienestar emocional que pude experimentar  tanto a la hora de la salida como en mi llegada pero también la gran sufridora de mis locuras. Ellos vivieron conmigo un sueño, lo disfrutaron junto a mí y me hicieron sentir grande, muy grande. Ellos también han quedado grabados en mi  corazón desde el día que decidí afrontar el reto del Gran Trail Peñalara.